La obra histórica de Salvador Abascal Infante

La obra histórica de Salvador Abascal Infante
Por: Nemesio Rodríguez Lois 

Ya lo hemos dicho en otras ocasiones y con gusto lo repetimos: los festejos de lo que erróneamente se conoce como Bicentenario de la Independencia ofrecen la oportunidad no sólo de estudiar a fondo la historia de México, sino también para desbaratar la red de mitos que se ha ido tejiendo a lo largo del tiempo.

Una red de mentiras que tiene atrapados a la mayoría de los mexicanos pero que es débil como una telaraña; basta con que se arroje luz y se dé una fuerte sacudida para que todo el tinglado se venga abajo.

Varios han sido los autores que, ya desde los primeros años del México independiente –Lucas Alamán es el ejemplo más notable–, se dispusieron a escribir lo que en realidad había ocurrido.

Sin embargo, tanto la obra de Lucas Alamán como la de otros ilustres historiadores, al presentarse dispersa era desconocida, lo cual hacía que muy pronto fuese olvidada.

En cambio, la historia oficial con la que los escribanos a sueldo justificaban la conducta de los jerarcas del sistema se imprimía por millones y se difundía por los cuatro puntos cardinales del país.

Es entonces cuando, de manera providencial, aparece un hombre que va a dedicarse durante décadas a editar las obras de aquellos intelectuales que pretendían que fuese conocida la verdad histórica.

Salvador Abascal fue ese hombre. Había nacido un 18 de mayo de 1910 en la antigua Valladolid (hoy Morelia), donde también naciera el Libertador de México, don Agustín de Iturbide.

Abascal se formó en el seno de una familia donde ser católico no era simple referencia estadística, sino más bien un compromiso vivo de coherencia entre lo que se cree y lo que se practica.

Hombre culto –abogado egresado de la Escuela Libre de Derecho–, Abascal tomó desde muy joven plena conciencia de cómo, gracias a la fe católica, aquí sembrada por los misioneros españoles, México se había integrado como nación y cómo, desde mucho antes de la independencia, fuerzas oscuras luchan por desintegrar a nuestra querida patria, tanto en lo material como en lo espiritual.

Como intelectual de altos vuelos que era, Salvador Abascal comprendió desde el primer instante cómo los abundantes dones que Dios le había dado no eran para lucirlos vanidosamente, sino más bien para hacerlos fructificar al ciento por uno.

Y fue así cómo, en los años inmediatamente posteriores a la Cristiada, se le vio fundar el sinarquismo, impresionante movimiento popular que despertó a México del letargo ideológico en el que estaba sumido.

Al llegar tiempos más tranquilos, concretamente a partir de 1944, Abascal inicia una nueva etapa en su lucha en defensa de la Patria y de la Fe.

Una nueva etapa que –a diferencia de la anterior– sería discreta, casi imperceptible, pero que habría de dar frutos sorprendentes a largo plazo.

Nos referimos a su trabajo como editor, tanto en la Editorial Jus como en la Editorial Tradición, empresas en las cuales –durante más de medio siglo– publicó infinidad de obras de diversos autores. Obras que ayudaron a formar a miles de personas que actualmente son ciudadanos ejemplares, piadosos católicos y respetados guías de la opinión pública.

Gracias a eso fue posible que historiadores católicos boicoteados por el sistema pudiesen dar a conocer sus investigaciones; tales son los casos de José Bravo Ugarte, S.J.; Alfonso Junco, Alfonso Trueba, Carlos Alvear Acevedo, Francisco Santiago Cruz, Lauro López Beltrán, Celerino Salmerón, José Gutiérrez Casillas, S.J.; Fernando Medina Ruiz, Lino Gómez Canedo, O.F.M.; Antonio Gibaja y Patrón, Rafael Ramírez Torres, S.J.; José Macías, S.J.; Jesús García Gutiérrez, etc., etc., etc.

Será a partir de 1970, ya con sesenta años a cuestas, cuando Salvador Abascal –aparte de seguir publicando obras de conspicuos intelectuales– se decida, con ágil estilo periodístico, a escribir libros que traten de historia y de teología.

Dentro de su amplia obra histórica, vemos a nuestro personaje rectificar los errores con los que se ha pretendido confundir la verdadera historia patria, censurar al PRI-Gobierno y analizar problemas del momento.

Quien piense que la obra de Abascal es una simple narración de hechos pasados, se equivoca rotundamente. Salvador Abascal, aparte de contar lo ocurrido, ofrece un profundo estudio sicológico de cada personaje, a la vez que todo lo ilumina a la luz de la fe católica.

Todo esto trajo como resultado una completísima visión de las causas reales que han originado todas nuestras desgracias, tanto así que quien desee conocer las verdaderas razones por las cuales nos hallamos en tan triste situación, necesariamente habrá de consultar las obras de Salvador Abascal.

En un recuadro aparte mencionamos algunos libros en los que trata, con visión de teólogo de la historia, semblanzas y acontecimientos que influyeron en el devenir de la nación mexicana.

En este sentido, oportuno resulta citar la que quizá sea su obra cumbre: El Papa nunca ha sido ni será hereje, el estudio más profundo y erudito que se ha escrito acerca del magisterio infalible del Vicario de Cristo.

Una vastísima obra que resulta indispensable leer en esta temporada en que, con el cuento del llamado Bicentenario, el ambiente nos invita a conocer cuál fue la auténtica historia de México.

Don Salvador Abascal Infante fue un hombre a quien mucho quise y admiré, maestro de maestros. Un personaje de quien guardo gratísimos recuerdos porque fue el editor que creyó en mí al publicar mi primer libro, allá por 1976: La Cruzada que forjó una Patria.

Un hombre que el próximo 29 de marzo cumple diez años de haber partido de este mundo y que, con motivo de su sentido fallecimiento, nuestro común amigo, el inolvidable Padre Manuel Ignacio Pérez Alonso, S.J., llegó a decir: “Su entrada en el Reino de los Cielos debe haber sido triunfal”. 

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